martes, 10 de noviembre de 2009

La estimación de la próxima cosecha de trigo, por iniciarse a fines de noviembre en el norte del país, y que finalizará en los primeros días de enero próximo en el sur de Buenos Aires y La Pampa, sumaría sólo 7,5 millones de toneladas, una cifra desconsoladora, consecuencia de la sequía y del desaliento que viene cundiendo en las filas de la producción.

Ya en el período anual anterior, y por las mismas causas, la producción había descendido a 8,5 millones de toneladas. A los 7,5 millones de la cosecha próxima, se sumaría un excedente de un millón de toneladas, logrado a fuerza de prohibir las exportaciones durante la mayor parte del ciclo que termina. Mientras ello ocurre por el lado de la oferta, la demanda interna sumaría entre 6 y 7 millones para abastecer la molinería, y medio millón para semilla de la próxima siembra; se dejó poco más de un millón para la exportación.

La historia no registra una cosecha tan reducida desde el ciclo 1977-78, con sólo 5,3 millones de toneladas. Merece también mención la del período 1951-52 durante otra administración populista, en la que se recolectaron sólo 2,3 millones, con dos consecuencias inéditas: una exportación virtualmente nula y un mercado interno abastecido con harinas oscuras, obtenidas para aprovechar al máximo el escaso trigo existente. La recordada vergüenza del "pan negro" debió recurrir también a la fabricación de harina de mijo, un cereal menos conocido. Durante ambas administraciones, la escasez ha sido el amargo fruto de políticas contrarias al agro, que concluyeron, como ha ocurrido en todo el mundo y a través de la historia, en el círculo vicioso de la escasez.

El comercio exterior argentino sufrirá por su menor ingreso de divisas, entre las que se cuenta la pérdida de la preferencia arancelaria del 10 por ciento de que gozan las ventas argentinas en el Mercosur. No habiendo suficiente oferta argentina, Brasil se abastecerá de trigo norteamericano o europeo. También podrá ocurrir que el propio Brasil impulse su producción triguera como ya ocurrió con otros productos. Tanto va el cántaro a la fuente, como dice la fábula, que al final se rompe.

Una cosecha normal de trigo tiene otras virtudes. La mencionada época de su recolección provee de recursos que sustentan en el interior la actividad económica, el empleo y la financiación para hacer frente a la siembra y cultivo de soja, maíz, girasol y sorgo, cuyos ingresos llegan sólo a partir de marzo. Nada de esto será posible en el presente, por la mínima contribución de la próxima recolección, en un contexto de conocida escasez de crédito. Asimismo, y contra los deseos del Gobierno de acotar el cultivo de soja, para diversificar la producción granaria, ha ocurrido exactamente lo opuesto, con la consecuente pérdida de las ventajas de la rotación con trigo y maíz, de gran importancia para la preservación de la estructura y fertilidad de los suelos.

Cuando ocurre esta disminución de la producción agraria nacional, la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas (FAO, por sus siglas en inglés) ha dado a conocer su informe "El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo", en el que se destaca la existencia de 1020 millones de desnutridos y se llama a resolver este drama que no sólo persiste, sino que crece con el aporte de la recesión mundial.

Aislar la economía argentina del mundo no solamente afecta a la economía argentina, cerrando las compuertas de la expansión, sino que por añadidura reduce las perspectivas de ayudar a atemperar esas demoledoras consecuencias para el 15 por ciento de la población mundial. Dejar pasar otra vez la oportunidad de una gran expansión agrícola y agroindustrial significará sumar gruesos errores a los ya cometidos durante varias décadas.

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